COLUMNA | LAS COSAS DE LORENZO
Hiperacusia, el superpoder de Don Antonio

 


«Él aprovechaba para sacar la nariz de la copa y meter la oreja, para que el vino le susurrara toda la verdad que había»

Foto: Javier Arcenillas - @javierarcenillas


LORENZO GINÉS

Director de Comunicación 

En una cata coincidí con un señor muy mayor, de una edad imposible de adivinar, con tanto volumen de años como de conocimiento, que distraídamente me confesó que sufría de hiperacusia. Tuve que buscar lo que esta atrofia significaba exactamente, aunque lo pude deducir por lo que me iba confesando entre copa y copa. Y no, no era dolencia, era superpoder.

Escuchaba lo que le decían los vinos, sus historias, sus sentimientos, sus debilidades y sus fortalezas, sus esperanzas y sus desencantos. Yo soy muy de atender con atención reverente a las personas mayores, desde siempre me produjeron una mezcla de encandilamiento y atracción a partes iguales. Pero al principio creí que desvariaba, que el efecto del alcohol estaba pasándole factura, aunque tenía toda la pinta de que toleraba el alcohol, es más, las muchas añadas de entrenamiento que llevaba en el cuerpo le deberían hacer casi inmune.

Color, olor, sabor… y, según él, oído. Cuando todo el mundo debatía de los sabores a cardamomo y piel de castaña, colores ámbar de miel milenaria, olores a sotoalgas mediterráneas, él aprovechaba para sacar la nariz de la copa y meter la oreja para que el vino le susurrara toda la verdad que había mientras agitaba la copa. Porque, aseguraba, igual que los aromas necesitan oxigenarse para desprenderse, para hablar necesitan el mismo oxigeno en forma de ondas. Todo muy técnico.

Le contaban lugares imposibles donde llegaban sólo algunos locos, para recoger la uva con la que estaban hechos. Otros le pedían que no parara de agitarlos, porque descubriría que todavía había olores debajo, que nadie había siquiera intuído, porque ahora todo se hacía con prisas. Algunos, los más tímidos, sólo balbuceaban palabras que luego él tenía que unir para darles sentido, vinos sencillos pero orgullosos de ser así. Y los había que gritaban, huye de éstos, me decía, porque su falta de humildad compite sólo con su prepotencia. Los había aburridísimos, ésos había que bebérselos rápido porque si no, no callaban. Y raros eran los que hablaban esperando que los contestaras, querían charlar, pero los había y eran de los más interesantes.

A mi cara de aturdimiento, que debía ser incluso cómica, me contestó que no me preocupara, que yo no tenía ninguna pinta de ser hiperacúsico, y aunque lo fuera (¡nah!) tenía que haber entrenado duro para sacarle provecho, porque no todos los vinos dicen algo; hay algunos que son mudos, otros que no hablan para no ofender y otros que son todo lo contrario, sólo hablan para ofender.

Yo, desde ese día, sin que nadie me vea porque me da vergüenza, acerco la oreja a los vinos, pero nunca me han dicho nada.

Don Antonio se llamaba.


LORENZO GINÉS

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