COLUMNA | LAS COSAS DE LORENZO
San Cristobal de Loranque, la leyenda

 

 

Loranque tambien tiene su propia leyenda. La de José, un pastor que vivió en la finca y que dejó un legado de misticismo que todavía se puede ver en la bodega.

 
Foto: L.G.


LORENZO GINÉS

Director de Comunicación 

 

Todos en la bodega, en alguna ocasión, le habíamos oído deambular. Arrastrando los pies, intentando esconder el sonido de las alpargatas desplazando el albero. Y siempre era la misma cadencia, todos los días. Una puerta que se abre con lentitud y deja pasar algo de luz, seguido del castañeteo de huesos rozar, porque la artrosis le comía. Las desgastadas zapatillas giran a la derecha, dejando su huella marcada junto al de una rodilla que se postra y el zumbido de un movimiento rápido del brazo arriba, abajo, izquerda y derecha. Y, el cierre, un beso que choca con dedos que se alzan al cielo.

Sin faltar un día, todos sabíamos que era José, en su encuentro con la pequeña imagen de San Cristóbal que está a los pies de las barricas, escondida, en una especie de improvisada hornacina de ladrillo, porque le iba la vida en ello. Profecía que de niño se le quedó instalada como un augurio, el día que sus padres le llevaron a ver el ‘San Cristobalón’, un impresionante fresco de más de diez metros de alto, que ocupa un lienzo completo al lado de la Puerta de los Leones en la catedral de Toledo.

Ya la figura de un gigante, de saya roja y cargando en su hombro con el niño Dios, le resultó impresionante. Pero su historia, lo que significaba, se le iba a clavar en el recuerdo para siempre.

En voz muy baja, lo que le exigía un esfuerzo de concentración enorme, escuchó de su padre contar, que la imagen era desproporcionadamente grande porque  los toledanos de fe estaban obligados a entrar en la Primada, antes de ir a sus quehaceres, y santiguarse mirándole a los ojos. Su enormidad permitía ver a este ‘Hércules cristiano’ prácticamente desde cualquier puerta, sin perder tiempo. El premio del esfuerzo de verle (casi la vida 'eterna') estaba a la altura del castigo por su ausencia (el último día con luz).

Era creencia común de siglos que mirando simplemente una figura de este santo, cualquier persona estaba a salvo durante ese día de los peligros del agua, del fuego o de los terremotos. Y el miedo se hundió en José cuando su madre, católica atemorizada, le apuntilló que quien lo mirara, aunque fuera de lejos, no moriría de muerte súbita en las siguientes veinticuatro horas.

Después de deambular toda una vida de pastor por media España, José volvió a la Finca, a la desierta casa de sus padres, porque la gente de campo regresa siempre a sus raíces. En la bodega buscó un lugar escondido, cerca de la puerta y escoltado por duelas de roble, ladrillos recios y oscuridad. Y allí plantó una pequeña estatuilla de San Cristóbal, que le obligaba a salir todos los días y recorrer temprano los quinientos metros que separan su casa de la mística bodega. Y volver feliz de esperar un día más.

Todos le oíamos, pero nunca nadie le vio. Un día no le escuchó nadie y no volvió jamás. San Cristóbal de ‘Loranque’ sigue allí y dicen que, a veces, le han oído llorar.


LORENZO GINÉS

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